viernes, 31 de octubre de 2014

¡Feliz Halloween! por Rubén "Reaper" GonzáleZ



Todo el barrio había sido invadido por un curioso ejercito de pesadilla: diablillos armados con tridentes de plástico, esqueletos de huesos fosforescentes, brujas de puntiagudas narices de goma, vampiros a los que aún no se le habían caído los primeros dientes de leche, momias envueltas en papel higiénico… todas aquellas pequeñas criaturas eran liberadas en esa noche del año con un único objetivo: hacerse con la mayor cantidad de dulces de los incautos mortales que osaban abrirles la puerta de sus casas. “Truco o trato” vociferaban a coro los monstruosos seres a la víctima, que debía decidir si entregarles una buena cantidad de chucherías o, por el contrario, debería aguantar las bromas de aquellos insatisfechos personajillos.
Carl formaba parte de aquella legión de criaturas de la noche que arrastraban sus abultados sacos repletos de deliciosos dulces que devorarían nada más volver a sus casas. Este año el pequeño había decidido convertirse por unas horas, en la abominable creación del doctor Víctor Frankenstein. Su madre le había maquillado concienzudamente, y tras haberse enfundado en el harapiento disfraz, se dispuso a disfrutar de aquella espectral noche. Además, ese año era diferente, su madre le había permitido realizar la ruta del dulce, solo. Eso sí, debía de recordar las normas que todos los Halloween, su madre le repetía.
—No te alejes mucho del barrio, no aceptes caramelos de desconocidos, y no te olvides de volver antes de las nueve de la noche.
Con aquellas tres reglas rondándole por su cabecita, el pequeño monstruo de Frankenstein continuó con su dulce empresa.
—Truco o trato —exclamó a viva voz en cuanto la puerta se abrió.
—¡Vaya! Pero si un adorable monstruito ha venido a verme –comentó la adorable señora Hayes, arrugando el entrecejo al fijarse en que nadie acompañaba al niño— ¿Y tu mamá? ¿Te ha dejado salir solo?
—A mamá le duele mucho la cabeza y me dejó salir solo porque me ha dicho que ya soy lo suficientemente responsable como para recorrer el barrio yo solito por una noche. Pero tengo que volver antes de las nueve y no parar en casas de desconocidos —respondió el muchacho levantando su bolsa, expectante por saber que dulces le tocarían esta vez.
—Vaya, que bien, Carl. Pues aquí tienes, caballerete —dijo la anciana mientras arrojaba en el saco del niño un par de piruletas de curiosas formas—. Uno de estos días tienes que volver a visitarme, Carl. El pequeño Monty se muere de ganas de jugar contigo y que le acaricies. Te prepararé una tanda de galletas caseras, que sé que te encantan. ¿Qué te parece la idea? ¿Te gusta?
—Claro que sí —respondió con una cándida sonrisa nada más escuchar la invitación de la mujer, quién le prometía otra tarde de diversión con su juguetón perrito y una deliciosa merienda de premio.
—Bueno, ya puedes marcharte diablillo, que estarás deseando conseguir más dulces, ¿verdad? Saluda a tu madre de mi parte y ten mucho cuidado.
El niño agradeció a la señora Hayes su amabilidad y se dirigió hacía la próxima parada de la ruta. Pasó de largo la casa del señor Sullivan; el huraño anciano era más intratable de lo habitual aquella noche del año, y no era la primera vez que el pequeño Carl sufría las vejaciones del desagradable hombre. Así que continuó bajando por la calle, siendo bañado por la mortecina luz de las llamas de las velas que contenían las sonrientes calabazas linterna que los vecinos habían dejado como parte de una de las más antiguas tradiciones de aquella noche.
Carl decidió tomar un atajo para llegar a la próxima casa, así que se dirigió a un callejón que por el día parecía tranquilo y transitable, pero que por la noche había adquirido una tenebrosa aura que erizó los vellos de la nuca del niño al instante. Tras unos instantes de duda, Carl se mantuvo en el sitio, reticente por adentrarse en aquella profunda oscuridad. ¿Quién sabía los horrores que podían esperarle ocultos en aquel callejón? ¿Quién podía asegurarle que no acabaría dentro del saco de aquel pérfido hombre al que todos los niños temen? ¿O en el estómago de cualquier monstruo que había decidió aprovechar aquella propiciaría noche para probar un tierno bocado de infante?
Pero cuando finalmente entró en el callejón, deseó no haber salido de casa solo.
No era un fantasma ni una bruja lo que encontró en aquel lugar. A pesar de eso, el miedo siguió ocupando el cuerpo del muchacho nada más ver a Jack y su banda.
Todos temían a Jack. Era el matón del barrio, y aquel título se lo había ganado a puñetazo limpio.
—Vaya, vaya. ¿Pero que tenemos aquí? Si es un enano que nos trae chucherías a domicilio —dijo en cuanto se percató de la presencia del intruso, escupiendo el mondadientes que estaba mordisqueando.
Carl apretó fuertemente la bolsa al escuchar aquello y dio media vuelta preparado para huir raudo de aquel problema en el que había entrado de cabeza. Pero al hacerlo, se estampó de lleno contra un muro de pura grasa de noventa y tantos kilos; el rollizo “Gordi” Gordon, seguía fiel a su particular “dieta” híper calórica.
—¿A dónde crees que vas, gusano? —preguntó lanzándole su pestilente aliento directo al rostro del pequeño mientras le tendía su gigantesca mano derecha— Dame la bolsa, ahora.
El niño se abrazó a la bolsa mientras negaba imperiosamente con la cabeza.
—Creo que vamos a tener que apretarle las tuercas —comentó sarcásticamente el líder de aquel trío de indeseables, consiguiendo arrancar violentas carcajadas de sus compinches con aquel ingenioso chascarrillo.
Carl se apartó lentamente de Gordon el gordinflón, pero a sus espaldas, Jack y su mano derecha, Earl Barker, estaban preparados, y se lanzaron directamente a por la bolsa de caramelos del niño.
El pequeño Frankenstein opuso una fiera resistencia, pero era una batalla perdida de antemano. No pudo evitar que aquellos camorristas le arrebatasen su dulce botín y le regalasen un violento empujón que le hizo besar, literalmente, el suelo. No pudo evitar reprimir un sollozo que precedió al incontrolable llanto que fue animó a continuar las burlas de aquellos despreciables pubescentes, quienes abandonaron aquel lugar entre maliciosas risas, satisfechos tras aquel deleznable acto.
Carl permaneció encogido en el suelo, llorando desconsoladamente un buen rato en aquel solitario callejón.
—¿Carl?, ¿eres tú?
El niño levantó la vista del suelo al escuchar la voz, encontrándose con un pálido rostro surcado de terribles heridas sangrantes.
—¿Jerry?
El zombi en el que se había convertido su mejor amigo le tendió una mano que su compañero asió con fuerza.
—¿Qué te ha pasado, Carl? ¿Por qué estás llorando? —preguntó Jerry cuando ya estaba en pie y se fijó en su terrible aspecto.
—Jack y su pandilla, me han rodeado y me han quitado las chuches –explicó el muchacho entre sollozos, mientras se sacudía el polvo de su disfraz y se enjugaba las amargas lágrimas con la remangada manga de la vieja chaqueta de su abuelo—. ¿Y tú que haces aquí, Jerry?
—Pasaba por aquí y he visto a esos idiotas salir del callejón riéndose, y cuando me acerqué más, escuché a alguien llorar y decidí ver de quién se trataba. Lo siento, Carl.
—Me han quitado la bolsa que tardé tanto tiempo en llenar de caramelos. No es justo —musitó el niño dando un furioso pisotón al suelo—. Malditos.
Al zombi le dolió ver la expresión que mostraba el rostro de su amigo. Así que decidió ayudarle.
—Tranquilo, Carl. Sé que hacer para que vuelvas a conseguir más chuches en un solo trato —afirmó con una cálida sonrisa que le cruzó el maquillado rostro.
El jovencito Frankenstein miró con una mirada inquisitiva a su putrefacto compañero.
—Verás, hay un hombre a pocas manzanas de aquí que reparte caramelos sin necesidad de hacerle truco o trato. Ya verás, es genial –informó mientras tomaba la mano de su amigo y lo sacaba de aquel callejón—. Vamos antes de que se le ocurra marcharse.
Los dos muertos vivientes no tardaron en encontrar al misterioso hombre reparte caramelos; un corro de niños que rodeaban a una encapuchada figura delataba su presencia.
Los niños no tardaron en marcharse completamente satisfechos, y Carl y Jerry se acercaron al hombre que se ocultaba tras el tronco de un gigantesco roble, a pocos metros del tenebroso cementerio local.
—Vaya, ¿qué tenemos aquí? Dos compañeros de ultratumba —dijo aquel hombre nada más ver acercarse los dos pequeños- ¿Qué puedo hacer por vosotros?
—Unos matones han quitado a mi amigo la bolsa de caramelos, y quería saber si podrías ayudarlo —respondió Jerry, tan sociable como siempre.
Carl trató de descubrir la identidad de aquel enigmático personaje, pero bajo la capucha solo se encontró una sonriente máscara de calabaza que, irracionalmente, inquietó al niño.
—Pues tienes suerte pequeño monstruito. Ya he repartido la mayoría de las chucherías, y estaba a punto de volver a mi refugio hasta el año que viene, así que, ¿por qué no te quedas con los dulces que quedan en mi bolsa?
Carl permaneció quieto y en silencio un buen rato, la voz de su madre repitiéndole que no debía aceptar caramelos de desconocidos resonaba en su cabeza a todo volumen. Pero la idea de volver con las manos vacías a casa acabó venciendo, y el niño aceptó la bolsa que el encapuchado le ofrecía, ante la asombrada mirada de Jerry.
—Bueno chicos, disfrutad de los dulces. Y feliz Halloween —se despidió bajando por la calle, mientras su capa aleteaba a causa de una fuerte brisa que se levantó en aquel momento.
—¡Qué suerte has tenido! —exclamó su zombificado amigo.
—Ya, son demasiados caramelos para comerlos yo solo. ¿Quieres unos pocos? —le ofreció al comprobar el dulce cargamento.
—¿Que si quiero? —Jerry comenzó a rebuscar y a sacar golosinas de la bolsa sin pensárselo dos veces.
—Creo que va siendo hora de volver a casa —comentó Carl tras echar un vistazo a la hora reflejada en su reloj de pulsera de Bob Esponja.
—Sí, mi madre se pondrá hecha una furia si llego muy tarde. Gracias, Carl. Nos vemos mañana.
Los dos niños se dirigieron a sus respectivas casas. Paseando por las calles, ahora solitarias de felices niños. Tan solo algunos adultos las transitaban para dirigirse a las fiestas de mayores de sus vecinos.
Quedaban pocos metros para llegar a su casa, pero el pequeño no pudo evitar introducir su mano en su nueva bolsa de chuches para sacar de ella una chocolatina que desenvolvió rápidamente. Y en tan solo dos mordiscos, la boca de Carl estaba llena de un chocolate con un desagradable sabor que provocó que su rostro se arrugase. El pequeño Frankenstein se preguntó de donde demonios habría sacado el encapuchado aquella asquerosa chocolatina. Y rezó para que los demás caramelos no tuviesen el mismo sabor.
Cuando acababa de llamar al timbre para que su madre le abriese la puerta, Carl comenzó a sentirse terriblemente mal. Al principio solo fue un violento rugido que provenía del interior de su estómago, pero pronto la cosa fue a peor y notó como le ardían las entrañas. Se llevó las manos a la barriga y se dejó caer de rodillas mientras gritaba de puro dolor. En ese momento, su madre abrió la puerta y se encontró a su hijo con el terror marcado a fuego en su rostro.
—¿Qué te pasa, cariño? —exclamó alterada la mujer mientras se agachaba junto a su agonizante pequeño.
Entonces, Carl comenzó a vomitar sangre, tiñendo de escarlata el gracioso felpudo de los Watterson.
—Carl, Carl —las lágrimas se agolpaban en los ojos de la desconcertada mujer, que contemplaba desesperada, como su hijo seguía expulsando sangre a chorros—. ¡Una ambulancia! ¡QUE ALGUIEN LLAME A UNA AMBULANCIA, POR FAVOR!
Pero ya era demasiado tarde, el niño se dejó caer en el sangriento charco que acababa de formar. Muerto.
El grito de dolor que emitió la destrozada madre se escuchó por todo el barrio.


Por supuesto, aquella no fue la única muerte de aquella trágica noche de Halloween. Justo cuando Carl Watterson estaba vomitando sus entrañas por todo el porche, la dulce Belinda Mars, de tan solo cuatro años, mordió una manzana de caramelo en la que le esperaba una afilada sorpresa: varias cuchillas de afeitar que se alojaron dolorosamente en sus encías. Y como ese, decenas de casos similares. Varios niños murieron, y otros muchos resultaron heridos de gravedad. Cuando la policía pudo preguntar a los supervivientes quién les había entregado las fatales golosinas, todos respondieron lo mismo: El hombre encapuchado de la máscara de calabaza.

La puerta se abrió, y una oscura figura entró con gesto cansado en la casa; estaba agotado. Se dirigió con pasos lentos por el corredor a oscuras hacía la cocina. Allí, pasó por delante de una mesa repleta de frascos llenos de mortales venenos y matarratas, puntiagudas agujas y afiladas cuchillas de afeitar, unos guanteletes con los que introducir los agudos objetos, y otras muchas herramientas con las que preparó aquella oscura remesa de dulce muerte. Se arrancó la máscara y desabrochó la capa, y tiró su característico disfraz al cubo de basura; ya se desharía de aquello junto a las demás pruebas más tarde.
Se arrastró hacia el salón, donde se dejó caer rendido en el sofá. Al poco, a sus oídos llegó el grito de dolor de una mujer que hizo esbozar al hombre una macabra sonrisa de oreja a oreja, al poder comprobar que su maléfico trabajo comenzaba a dar sus trágicos frutos. Rebuscó en sus bolsillos y desenvolvió el envoltorio de un caramelo con forma de calabaza que saboreó con repugnante regodeo.
—Feliz Halloween a todos —susurró aquel monstruo, dando por finalizada aquella aterradora noche.
   

 

2 comentarios:

Este relato se podría resumir en "El dolor de panza será la menor (y la última) de tus preocupaciones".

Doy gracias por vivir en España y no tener que sacar a los niños a recoger chuches ;-)

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