sábado, 16 de agosto de 2014

Noche de Halloween, por Rain Cross




Era ya de noche cuando James se sentó al fin en el confortable sofá marrón de su casa. Aunque aún no tenía los treinta, estaba cansado y ya no aguantaba el día a día como cuando era más joven. Había sido una jornada muy rara, con llamadas sobre gente haciendo conjuros, sacrificando animales, muertos que caminan… En la comisaría del pequeño pueblo costero donde vivía no dieron veracidad a ninguna de esas llamadas, e incluso enviaron a los bomberos a que vieran si era cierto lo que decía sobre un aquelarre haciendo una hoguera en el porche de una casa que invocaba a Satanás. Resultaron ser cuatro adolescentes vestidas de negro quemando unos apuntes de instituto. En Halloween siempre ocurría lo mismo, recibían llamadas estúpidas de gente loca. Parecía que ese día despertaba a los perturbados.

James se duchó nada más llegar a casa, se puso unos viejos tejanos y una camiseta blanca sencilla, y se había tumbado en el sofá con una cerveza en la mano. Puso la televisión esperando una buena película de terror; estaban emitiendo 'El Exorcista', y la dejó de fondo mientras repasaba el día de nuevo. Llamadas tontas; Tim, el novato, un chico flacucho recién salido de la academia, le había manchado la camisa del uniforme con el café y Gina, la recepcionista, una mujer de unos cuarenta años le había invitado a una fiesta de Halloween, insinuando que se disfrazaría de gatita y que le dejaría usar las esposas cuando él quisiera. Se rascó la cabeza recordando aquello, Gina era más mayor que él, pero la idea le había resultado tentadora durante unos minutos, hasta que recordó que se había tirado a la mitad de los agentes de aquella comisaría. Apartó un pequeño mechón rubio ceniza de su frente y suspiró.

Dio un largo trago a su cerveza, eso le relajaba y le despejaba la mente. Cerró por unos instantes los ojos verdes y echó la cabeza hacia atrás. Antes, adoraba Halloween, se disfrazaba con sus amigos y hacían alguna travesura o iban a alguna fiesta y con suerte se despertaba al día siguiente con una chica a su lado, pero desde que era policía no era lo mismo. Más de una vez había tenido que hacer horas extras persiguiendo a chavales que tiraban huevos a las casas, o gamberros que se aprovechaban de alguna chica borracha. Se preguntó si aquella noche también ocurriría lo mismo cuando sonó el tono de llamada que había elegido para su comisaría: 'Welcome to the Jungle' de Guns N’ Roses. «Bingo, nunca falla». Cogió el móvil que había dejado sobre la mesa de té.

—Agente Madison.

—Madison, ¡tiene que venir rápido a la comisaría! —«Para variar», pensó James. Aunque había algo extraño en el tono de voz de su jefe.

Era su teniente, Frank Jacksons, al que todos apodaban Big J, antes por ser fuerte e imponente y ahora por su afición a las rosquillas.

—Enseguida voy, teniente.

—¡Date prisa! Y Madison, tenga cuidado.

—¿Cuidado, teniente? ¿A qué se refiere con eso?

Se escuchó el sonido inconfundible de disparos y gritos y la llamada se cortó.

James se cambió a toda prisa y se puso el uniforme azul reglamentario. Por último, colocó el arma en el cinto y salió rápidamente de su casa. Vivía en las afueras, por lo que tardaría una media hora en llegar.

Las calles parecían tranquilas, demasiado incluso. Su vecindario, un lugar de casitas blancas con tejados azules era un sitio que siempre estaba en calma, con pocos vecinos y bien educados, pero esa situación era muy insólita. No veía niños llamando a las casas en busca de caramelos, ni jóvenes dirigiéndose a las diferentes fiestas que se hacían ese día en el centro del pueblo.
Un pequeño golpe a su izquierda le sobresaltó. Una mujer joven había apoyado una mano ensangrentada contra la ventanilla del conductor. James no la pudo ver bien, detuvo el coche y bajó.

—Señorita, ¿se encuentra bien?

La mujer ni le miró, estaba de espaldas e iba aturdida, dando tumbos por la carretera. Se fijó que llevaba una especie de disfraz de enfermera destrozado y cubierto de sangre, e iba descalza.

—Señorita, ¿puedo ayudar en algo? —James se acercó a ella lentamente.

Sabía que en situaciones así debía ir con cuidado. «Puede que la hayan violado, por eso se encuentra en ese estado. La llevaré rápido a la comisaría y que se encarguen allí de llevarla al hospital y tomarle declaración.» 

—Señorita, debe acompañarme, no se preocupe, está a salvo ahora.

James estaba ya justo detrás de ella. Puso una manos sobre el hombro de la mujer y la giró para verla bien y entonces dio un paso hacia atrás, horrorizado. Estaba pálida como la nieve, sus ojos, antes de un bonito azul, estaban bordeados de sangre, pero eso no era lo peor, sino que le faltaba media mejilla que dejaba al descubierto una hilera de dientes ensangrentados. Tenía el pelo rojizo apelmazado y pegado a la cara debido a la suciedad y a la sangre. Emitió un extraño gruñido y se abalanzó sobre James.

—¡¿Pero que coño?! —James la apartó de un fuerte empujón y la mujer cayó al suelo torpemente.

Se apartó de ella y fue a su coche. «Parecía un zombi… parecía un puto zombiy no, no era un disfraz, si no debería ganar el premio al mejor disfraz de la década… joder ¿pero qué cojones está pasando?»
Estaba nervioso y le costó poner el coche en marcha. La mujer había conseguido levantase y se dirigía a él con movimientos descoordinados.

—¡PUUUM!

Otro golpe en el cristal, una niña de unos doce años lo aporreaba sin cesar.

—¡Por favor! ¡Ayúdeme!

—¡Sube, deprisa! —James le indicó con la cabeza que fuera hacia el otro lado del coche.

La niña lo comprendió enseguida, abrió la puerta con rapidez y se subió cerrándola de un porrazo.

—¿Estás bien, pequeña? —James finalmente puso el coche en marcha y se dirigió a gran velocidad a la comisaría.

—Sé, es-es-estoy bien —consiguió decir. La miró unos segundos. Llevaba un vestido largo negro roto por el brazo derecho y las uñas pintadas del mismo color. Iba disfrazada de bruja. Su pelo castaño estaba enmarañado y tenía el maquillaje de la cara destrozado debido a las lágrimas.

—¿Podrías explicarme qué cojon… qué está ocurriendo, pequeña?

— No… no sé bien que pasa… íbamos a ir al cetro con unas amigas y la madre de Margaret y de pronto nos atacaron por todos lados, cogieron a Linda y le arrancaron el brazo, a Stef la tiraron al suelo y la mordieron en todo el estómago… y Margaret y su madre salieron corriendo… Yo intenté que alguien me abriera la puerta, pero nadie lo hizo, creo que tenían demasiado miedo… ¡pero yo sí que tenía miedo! Ellos están en sus casas y los muy idiotas no quisieron ayudarme.

—Tranquila, ahora todo irá bien, iremos a la comisaría.

—Aaayyy…—La niña hizo un pequeño gemido de dolor.

—¿Seguro que estás bien? Por cierto soy James —Intentó decirlo con la mayor normalidad que pudo en aquel momento.

—Sí, sí, no es nada. Soy Becca —Sonrió con tristeza acariciando el brazo, justo en el punto que tenía la manga desgarrada.

El resto del trayecto lo hicieron en silencio. Estaban demasiado aturdidos con todo lo que había ocurrido para hablar. No recordaba a esa niña, pero si a Margaret y su madre, Victoria, ya que vivían a dos casas de él.

James contempló su vecindario mientras se dirigía hacia la comisaría. En esa zona, salvo la mujer y otros zombis más deambulando, todo estaba relativamente en calma, parecía que la gente se había refugiado en sus casas. Pero a medida que se cercaban al centro las cosas eran distintas. Había gente ensangrentada por todas partes, más de la habitual para ser Halloween. Los disfraces que tanto tiempo les había costado decidir estaban ahora hecho jirones. Un chico disfrazado de Superman estaba tirado en el suelo mientras un grupo de esos muertos lo devoraban con avidez. Uno de los comensales no era más que un niño de seis años vestido de abeja. Otra chica disfrazada de vampiresa sexy estaba contra la pared y vio como un hombre disfrazado de hombre de las cavernas le desgarraba toda la cara de un mordisco. Pensó por unos instantes bajar del coche y ayudar a aquellas personas, pero sabía que si lo hacía estaba muerto.

Intentó contactar por radio con la comisaría, pero no obtuvo respuesta. «Espero que no estén todos muertos —Recordó los disparos que había oído por el teléfono—. Joder, espero que estén bien.»

Se encontraban ya cerca de la comisaría, un par de calles y la tendrían a la vista. A su lado, la pequeña Becca se movió. James no le había prestado atención en los veinte minutos que llevaba conduciendo ya que tenía que evitar chocar contra la gente y la imagen del caos y la violencia que reinaba en las calles le tenían hipnotizado. La miró. Tenía los ojos cerrados, se habría dormido por el viaje.

James siguió conduciendo, ya podía ver la comisaría y escuchó unos disparos a lo lejos. «Mierda, mierda, ¡mierda!» Llegó a la entrada de la comisaría y cogió a la niña en brazos con más facilidad de la que pensaba. No pesaría más de treinta y cinco quilos.

—Vamos, pequeña, ya casi estamos.

Becca se aferró fuertemente a James con los brazos, y de pronto sintió un intenso dolor en el cuello. Apartó a la niña de su lado pero le tenía cogido parte de la carne del cuello con los dientes. La tiró al suelo con brusquedad y puso su mano en la herida del cual manaba una cascada carmesí que manchó de sangre su uniforme de policía. El dolor era insoportable e hizo que James se tambaleara. Miró como Becca se levantaba con torpeza del suelo y se fijó en el brazo del que se había quejado en el coche; tenía un feo mordisco escondido entre desgarros de tela negra. «Vamos, no me jodas.» Becca fue de nuevo hacia él y le clavó los dientes en el brazo con fuerza. Le destrozó todo el antebrazo dejando a la vista tendones y arterias. James se dejó caer al suelo, estaba tan cerca de la comisaría, y parecía que no podría llegar a ella. Empezó a sentirse débil. Becca no parada de disfrutar con el trozo de carne que le había arrancado en aquel momento.

James estaba cada vez peor, su cuerpo ya casi no le respondía. Su sangre circulaba a toda velocidad tiñendo de rojo toda la acera. Se tumbó en el suelo sin esperanza, sabiendo que estaba condenado desde el primer mordisco que la pequeña le había dado. Vio como más de esas cosas se acercaban a él: un vampiro, una cirujana, un cura, una diablesa, un zombi… un puto zombi. Seguro que ese chico no pensó en que se trasformaría en uno de verdad esa noche. «Ironías del destino ¿eh?», pensó  James y  empezó a reír cada vez más fuerte. En breve, él también sería un zombi más.

Ese año, todos llevarían el mismo disfraz.


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